Ayer, tanto en Barcelona como en Nicosia, fue una noche histórica. Y lo fue por dos motivos de alegrías, pero por dos historias tan distintas, y a la vez cercanas, pues ambas hablan de sueños, de superarse a uno mismo y, sobre todo, de fútbol. Ambas ciudades, ancladas en el Mediterráneo y separadas por 2800 kilómetros, nunca estuvieron tan unidas en menor espacio de tiempo. En Barcelona se presentaba un partido de trámite para sellar el pase a cuartos. Pero cuando a los 25 minutos, Messi batió a Leno con una vaselina (o un intento de la misma), el partido empezó a tornar a que un equipo hiciese historia. Historia porque que un chaval que empezó la temporada jugando en el Barça B debutase en Europa con un doblete en un cuarto de hora. Historia porque un equipo que llega, como mínimo, a cuartos en 5 ediciones seguidas de la Champions no es fácil de encontrar. E Historia porque Messi aprovechó cada oportunidad para marcar 5 goles y matar la disputa del máximo anotador de la Champions de este año. Y algunos dudan de él. En Nicosia, ciudad más alejada de celebraciones futbolísticas, propias de las grandes ciudades y con tradición futbolística, anoche se vio sucumbida por el estallido de júbilo de una afición que lanzó sus gritos de alegría al viento cuando Chiotis le detuvo el 5 quinto penalti de la tanda a Bastos. Antes, habían pasado 120 minutos donde el Apoel peleó por mantenerse con vida en la eliminatoria, en busca de que un golpe de suerte les metiera entre los 8 mejores de Europa. Qué grande es el futbol. Barcelona y Nicosia, separadas por tantos kilómetros y unidas por una misma alegría.