Valdés, de pequeño, sufría. Sufría porque no le gustaba jugar
de portero. Lloraba por sentirse preso de esos tres palos que no le dejaban ser
libre. Tomo la decisión de abandonar la portería con la finalidad de buscar la
felicidad. Dejo momentáneamente el fútbol. Pero estando ya libre de esa condena
con palos y red, viendo a sus compañeros de equipo jugando por la tele, sintió una
envidia sana y deseos de volver, porque ese era su sitio. Y volvió. Y supero
sus traumas. Y se sintió libre. Y le gustó tanto que ya más nunca la abandono.
Por el camino tuvo un par de renuncias por el camino (peleas
con Van Gaal, ¿quien no las has tenido?) hasta que la portería fue su amiga. En
ella era feliz y cada vez que podía intentaba ser un jugador de campo más. Por
el camino, también, Víctor fue madurando, tanto en lo personal como en lo
profesional, hasta que se convirtió en el mejor portero de la historia del
Barcelona. Por el camino, a su vez, también surgieron voces.
Siempre hay un pero. A muchas personas les gusta recordar de
vez en cuando que Valdés es irregular, que comete errores absurdos (¿cuál no lo
es?), que era el chico rebelde, sin causa. Valdés callaba esas voces críticas
con sus actuaciones. Pero a la mínima oportunidad volvían esas voces. Y el las
volvía a callar. Y al tiempo volvían. Y así.
Valdés nunca ha dejado de intentar ser libre. Juega con los
pies, intenta ser un jugador más, porque eso es lo que él quiere. Intenta
renunciar de vez en cuando. Pero al final vuelve. Ancohe quiso jugar como uno
más. Y fallo. Volverán las críticas, pero también las grandes noches. Valdés
siempre vuelve. Quiere ser libre.
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