
Y el campeón cayó.
Nunca fue campeón una vez en Brasil. Como mucho fue una Francia de 2002 o una
Italia 2010. Un equipo que en la disyuntiva de renovar el equipo desde la
victoria o alargar el ciclo de los que habían sido campeones, eligieron lo
segundo y lo pagaron caro. A partir de esa decisión aletargada en el tiempo, el
resto era esperar ver como el edificio de títulos y reconocimientos de estos
últimos 6 años se desmoronaba poco a poco. Empezó a caer justo en Brasil, hace
un año, cuando Brasil demostró que ya no sólo perdían los amistosos por
goleada, que ya en partido oficial cualquiera le podían pintar la cara. En
París, donde la peor España en mucho tiempo ganó con un gol de voltereta para
tapar la decadencia de su juego y a la vez asegurar su presencia en el mundial
siguió el derrumbamiento de un equipo que nunca hizo nada por cambiar el rumbo.
Hasta llegar allí, amistosos por medio mundo, donde se paseaba la estrella, se
ganaba dinero y se seguían dando malas sensaciones, típicas previas al
descalabro.
Y llegó el
mundial. Una lista donde contaron más las medallas en guerras anteriores que
las ganas y capacidad de poder luchar en las siguientes. Pasó, aunque de forma catastrófica
el primer día, lo que se venía barruntando desde hace tiempo. El edificio llegó
al suelo, pero empezó a caer mucho antes.
A nadie debería pillarle por sorpresa.
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