Antes del partido
era previa de funeral. De asistir al final de un proyecto que sólo tenía de
proyecto el nombre. Pero el fútbol es caprichoso y la pelota no entiende de
lógica. En su momento más bajo, el Barcelona de Luis Enrique sacó su mejor
versión, que algunos dudábamos de que existiese, para pasar por encima de un
aturdido Atlético de Madrid, que sufría lo indecible ante un Barça
contragolpeador, letal con espacios y en el que Messi volvió a demostrar que es
la única gran figura dominante no prescindible del club.
Luis Enrique por
primera vez en un partido grande desde la visita al campo del PSG no hizo
experimentos en el once. Nada de Mathieu lateral, Busquets interior o defensa
de tres. Salió el equipo lógico y se pasó por encima de un gran rival.
Importante tomar nota de esto de cara al futuro. Aunque este once “lógico”
suponga el destierro del mejor jugador del mundo a una banda. Pero desde allí
reventó el partido. Le hizo un autopase a Godín, en el segundo controló en
mediocampo y arrancó hasta darle el gol a Suárez y metió el 3-1 definitivo.
También hizo replantearse la profesión a Jesús Gámez, un penalti propio de
hacerle bajar a defender y volvió a demostrar que es el mejor del mundo también
en un club donde no es querido. Así son los genios.
Aunque no iba a ser
tan sencillo. Los chicos de Simeone hicieron una más que digna segunda parte,
se pusieron 2-1 con ayuda de Undiano y hasta el gol de Leo en el 87’ no hubo
tranquilidad. Arda Turan dio un recital de como jugar al fútbol y el empate no parecía
descabellado por momentos. Porque descabellado era el arbitraje de Undiano, que
dio pie con bola y alteró un partido que no iba por esos derroteros. Un arbitraje
típico de la liga española.
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