Andaba el partido
encaminado el 0-0. Muchas intenciones, poca claridad en los últimos metros. La
eliminatoria avistaba Múnich para su resolución entrando en los minutos finales
del primer acto. Nada hacía presagiar la tormenta. Hasta ese momento, el Bayern
había tocado y aguantado como podía, con Neuer como hombre destacado. El
Barcelona había hecho una gran primera parte, se había topado con el meta alemán
en un par de ocasiones bastante claras y su segunda parte era correcta sin más.
Pero apareció ÉL. El
único ser capaz de aparecer de la nada para destrozar el partido, la
eliminatoria y acercar una final de Champions. Ya lo hizo una vez hace 6 años
en Madrid la noche de los porqués y hoy volvió a repetir actuación. Messi, al
que todo el mundo esperaba, al que Pep en la previa le dedico el elogio más
grande que puede haber (“si está bien, no es posible defenderlo”), el mayor
peligro para la defensa del Bayern, apareció como se intuía y ajustició como en
él es costumbre. Para cuando el equipo de Pep se repuso del temporal, se fue
arriba con todo y otra vez ÉL los castigó. Dejó a Neymar sólo ante Neuer, que
poco pudo hacer para que el brasileño no anotase el tercero. El Camp Nou se
rindió ante un jugador superlativo, que hace extremadamente sencillo lo
extremadamente complicado.
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